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¿QUÉ NOS HACE SER COMO SOMOS? ¿LOS GENES O EL AMBIENTE?

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Desde mediados del siglo XX se ha discutido enérgicamente acerca de qué rige nuestro comportamiento, conductas y preferencias. ¿Acaso son determinados por los genes o también el ambiente o lo social influyen?

Mientras avanzaban nuestros conocimientos en genética, los partidarios del determinismo genético, aquellos que dicen que todo está preestablecido en los genes, iban ganando campo. Sin embargo, la intervención de ciencias como la psicología, la antropología o la sociología nos han dejado entrever que no somos presos de nuestros genes.

Una breve perspectiva histórica

En el siglo XVII, el filósofo John Locke dijo que pocos rasgos del carácter y el comportamiento humanos era heredados. Para Locke éramos más bien una página en blanco en la que el ambiente escribía. Filosofías como estas tuvieron fuertes impactos políticos y económicos. Socavaban los cimientos de la justificación de la monarquía para las líneas sucesoras puesto que los príncipes ya no tenían por qué ser tan sabios o fuertes como sus predecesores. Más adelante, los marxistas adoptarían la misma idea al declarar que los humanos tenían el potencial de ser todos iguales, de ser una sola clase. En cuanto a la psicología, la idea de que somos absolutamente moldeables se reforzó cuando Sigmund Freud dijo que nuestra psicología podía ser explicaba en términos de nuestros experiencias infantiles. Y después, la idea cobró aun más fuerza con el conductismo, el cual decía que podíamos ser moldeados con entrenamiento tal como Pavlov hizo con sus perros.

En ciencias sociales, los especialistas le han dado más peso a esta misma idea, dejando relegado el papel de la genética. Sin embargo, muchos acusan su postura de ser más ideológica que objetiva. Creen que si se acepta que somos perfectamente moldeables, el ser humano dejará de ser violento, racista y gobernaría la igualdad. Pero la naturaleza no cambiaría si es que creemos y enseñamos algo que no es cierto. Añadido a esto, la frecuente incapacidad de dialogar con biólogos y genetistas evolutivos, especialistas en este tema, ha dado lugar incluso a la censura. En 1970, boicotearon una conferencia de E. O. Wilson, teórico evolucionista quien afirmaba que la naturaleza humana, al igual que la de otros animales, tenía fundamento biológico. La conferencia nunca se dio. Pero no sólo en ciencias sociales se pensaba así. Algunos biólogos como R. Lewontin, S. Rose y L. Kamin coincidían con ellos. En 1984, estos escribieron un libro llamado No está en los genes: racismo, genética e ideología, que básicamente era un ataque a los argumentos de biólogos como E. O. Wilson o Richard Dawkins, ambos de perspectiva mucho más genética. Según el editor científico M. Henderson las acusaciones hechas en dicho libro se basan en malinterpretaciones, lo que se le conoce como falacias de hombre de paja.

Después de décadas, ambos bandos no han logrado comunicarse de la mejor manera a pesar de que ningún partidario de lo genético considera que todo lo que respecta al humano se puede leer a través de los genes y ningún determinista social cree no exista influencia de los genes, sino sólo que se le ha dado exagerada importancia.

Un trabajo conjunto

Un buen ejemplo de cómo los genes trabajan en interacción con el ambiente lo tenemos en una enfermedad hereditaria denominada fenilcetonuria. Quienes poseen esta enfermedad pueden presentar retraso mental debido a un desequilibrio químico en el cerebro ya que no pueden producir una enzima que se llama fenilalanina hidroxilasa (FAH) que se encarga de sintetizar la fenilalanina en tirosina. Pero si se detecta a tiempo se puede prevenir este desequilibrio químico quitando completamente a la fenilalanina de la dieta del bebé, empezando con quitar la leche materna, algunas carnes, lácteos y legumbres. La causa de la fenilcetonuria implica, entonces, elementos de la naturaleza y el ambiente. Por sí mismo, ninguno de esos factores basta para producirla.

Sin embargo, estudios hechos en gemelos monocigóticos (que se originan de un solo óvulo y un solo esperma, y que comparten toda la carga genética), muestran que tienden a parecerse en comportamiento mucho más entre sí que los gemelos dicigóticos (originados por dos óvulos y dos espermas) en rasgos como CI (cociente intelectual) e indicadores de personalidad como la neurosis, la religiosidad, la tendencia política y la homosexualidad. Si el asunto fuera sólo genético, los monocigóticos fueran 100% similares y si fuera sólo social, los gemelos de cualquier tipo serían tan distintos como cualquier par de personas, pero no es ninguno de los casos. Por lo que se infiere que ninguna de ambas posturas extremas es correcta.

Estudios más avanzados como el de Avshalom Caspi y Terrie Moffitt, realizado en niños nacidos entre 1972 y 1973 en Dunedin, Nueva Zelanda, registraron experiencias vitales y se evaluaron respecto al ADN. En particular, este estudio se centró en el gen MAOA, que posee dos variantes o alelos. Resulta que cuando un niño posee uno de estos alelos tiene mayor probabilidad de presentar comportamiento antisocial, pero solo si es maltratado durante la niñez. Moffitt y Caspi descubrieron además que una versión del gen denominado COMT puede incrementar el riesgo de esquizofrenia si los portadores también fuman marihuana durante la adolescencia. Resultados como estos echan por tierra la dicotomía naturaleza-cultura.

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