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EVIDENCIAS DE LA EVOLUCIÓN | LOS ÓRGANOS VESTIGIALES

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¿Por qué existen aves que no vuelan, pero que tienen alas?

Las alas de las aves que no vuelan son un órgano vestigial. En general, un órgano es vestigial cuando ha perdido la función para la cual habría evolucionado en algún antepasado del animal que lo posee. Todas las aves que no vuelan tienen como antepasados a aves que sí lo hacían. Lo sabemos tras reconstruir su árbol evolutivo a través de evidencia fósil y genética molecular, principalmente. Además, todas las aves, incluidas las que no vuelan, tienen alas. Reforzando la teoría de un antepasado en común.

Un órgano vestigial no necesariamente carece de función. En algunas aves, las alas han adquirido otros usos. Los etólogos aseguran, por ejemplo, que las avestruces usan sus alas para mantener el equilibrio al correr, así como para el cortejo y la amenaza en la lucha. Mientras que en los pingüinos, son usadas para nadar. Sin embargo, existen aves en las que no parecen cumplir ninguna función, como en el caso del pájaro kiwi (Apteryx), en los que son tan pequeñas que casi no se ven. Por supuesto, independientemente de si el ave vuela o no, todas las alas tienen la misma estructura ósea. Este es un curioso patrón que se repite incluso en órganos de distintos géneros de animales que se conocen como órganos análogos. Estos representan otro tipo de evidencia a la teoría de la evolución que analizaremos en otro momento. Por ahora nos concentramos en los órganos vestigiales.

Pájaro Kiwi (Apteryx)

Volviendo a las alas, ¿por qué una ave dejaría de usarlas para volar, si parece un excelente medio para escapar de los depredadores o buscar alimento? La mayoría de las aves que han perdido su capacidad de volar lo hicieron en islas donde hay una considerable disminución de depredadores y además los alimentos se encuentran en abundancia a ras de suelo. Tenemos por ejemplo al extinto dodo de Mauricio (Raphus cucullatus) (extinto gracias a nosotros), a la polluela hawaiana (Porzana sandwichensis), al kakapo (Strigops habroptilus), al pájaro kiwi (Apteryx) o a muchas aves que reciben el nombre de las islas donde habitan como la gallareta de Samoa (Pareudiastes pacificus), la gallineta de la isla Gough (Gallinula nesiotis) o la cerceta de las islas de Auckland (Anas aucklandica), entre otras. Por otro lado, la disminución del tamaño de las alas supone menos riesgo de atorarse o lastimarse con vegetación al andar y, a su vez, supone una disminución de coste biológico en términos de energía que puede traducirse en la producción de más huevos. Siendo ambas cosas, ampliamente beneficiadas por la selección natural.

Ojos que no ven

Así como algunas aves han prescindido de su habilidad para volar, algunas especies han prescindido de su habilidad de ver o, más bien, se han visto obligadas a prescindir de ella. Los ojos de animales que se han adaptado a hábitats subterráneos o cavernícolas son otro grandioso ejemplo de órganos vestigiales. Tal como en el caso de las aves, los antepasados de las especies ahora ciegas sí podían ver. Si ahora ya no les es necesario es, por supuesto, porque en sus nuevos hábitats gobierna la oscuridad absoluta. Nuevamente, el ahorro de la energía que cuesta producir y usar los ojos, así como la disminución del riesgo de lastimarlos en la oscuridad, ha representado una ventaja evolutiva favorecida por la selección natural. Ojos vestigiales se han observado en serpientes, peces, arañas, salamandras, camarones, escarabajos y cangrejos de hábitats sin luz. Los topos y las ratas ciegas, se han convertido en tal bajo los mismos principios.

La rata topo ciega (Spalax galili), es un roedor que pasa toda su vida bajo el suelo. Sus ojos miden apenas un milímetro de sección y están totalmente escondidos bajo la piel. Este ojo vestigial no puede formar imágenes. Los análisis moleculares indican que evolucionaron hace 25 millones de años de unos roedores con ojos funcionales y sus marchitos ojos son testimonio de su ascendencia. La Spalax galili se descubrió en 1948, pero se hizo mundialmente famosa en 2014 cuando se publicó su genoma, el cual se considera de vital importancia porque esta especie es inmune al cáncer. 

Descifrando pistas

En algunos animales existen vestigios que ponen de manifiesto su ascendencia. Es como si en ellos estuviesen escritas pistas que debemos interpretar para descifrar su historia evolutiva. Los grandes cetáceos como las ballenas, por ejemplo, descienden de animales terrestres y como testimonio de ello todavía tienen vestigios de pelvis y de patas traseras dentro de ellos. Aunque empequeñecidos y desconectados del resto del esqueleto, se puede observar la estructura ósea de ambos órganos en su interior. Con el tiempo probablemente desaparezcan por completo.

En el círculo rojo se señalan la pelvis y las patas traseras vestigiales en los cachalotes (Physeter macrocephalus).

Órganos vestigiales en Homo sapiens

Seguramente se han venido preguntando si los humanos tenemos órganos vestigiales. Y la respuesta es que sí. El más mencionado es el apéndice:

El apéndice vermiforme (en forma de gusano) es un cilindro de tejido del grosor de un lápiz que se encuentra al extremo final del ciego, la sección de intestino ubicada entre el intestino delgado y el grueso. Como es el caso de los órganos vestigiales, su longitud puede variar bastante, de entre dos a veinte centímetros, aproximadamente. Y unas pocas personas nacen sin él.

En los primates que comen hojas, como en los lémures o los monos araña, el ciego y el apéndice son mucho más grandes que en nosotros. En ellos, estos órganos funcionan como un vaso de fermentación (como los “otros estómagos” de las vacas) que contienen bacterias que ayudan al animal a descomponer la celulosa en azúcares que puedan asimilar. En los primates cuya dieta incluye menos hojas, como en los orangutanes o los macacos, el ciego y el apéndice están reducidos. Mientras que en los humanos, que no comemos hojas y no podemos digerir la celulosa, el apéndice prácticamente ha desaparecido. Obviamente, cuanto menos herbívoro es un animal, más pequeños son el ciego y el apéndice. Nuestro apéndice es sólo una reliquia de un órgano de enorme importancia para nuestros antepasados herbívoros, pero que prácticamente carece de valor para nosotros. Es más, antes de las cirugías modernas, la apendicitis ha sido una importante causa de muerte.

Vestigios de nuestra ascendencia primate

Nuestro cuerpo contiene algunos otros restos de nuestra ascendencia primate. Entre ellos podemos contar que tenemos una cola vestigial: el coxis. Lo que alguna vez fuere una larga y útil cola, ahora son unas cuántas vértebras fusionadas que no podemos mover, a pesar que algunas personas nacen con el extensor coxígeo, el músculo análogo al que poseen especies que mueven la cola como los monos y que debería encargarse se moverla, si la tuviéramos. Cualquier podría tener ese músculo sin saberlo.

 

Los músculos erectores de la piel son otro ejemplo de órgano vestigial en humanos. Son diminutos músculos que se fijan a la base de cada pelo del cuerpo. Cuando se contraen, se erizan los pelos y se pone “la piel de gallina”. Esto no realiza ninguna función útil actualmente en los humanos. Sin embargo, los mamíferos levantan el pelo para protegerse del frío o para parecer más grande frente a un depredador. En ellos, al igual que en nosotros, el frío o un subidón de adrenalina dispara el mecanismo.

 

¿Han visto que algunas personas pueden mover las orejas? Es gracias a que tenemos tres músculos debajo del cuero cabelludo que se fijan a las orejas que también son órganos vestigiales. Por supuesto, para nosotros, mover las orejas no sirve para nada más que probablemente para diversión. Mientras que en otros animales, como en gatos o caballos, sirve para localizar sonidos y, por ende, localizar mejor a sus presas o depredadores, significando una clara ventaja evolutiva.

Finalmente, parafraseando la cita del genetista Theodosius Dobzhansky: los caracteres vestigiales sólo cobran sentido a la luz de la evolución. Aunque a veces sean útiles y con frecuencia no lo sean, son exactamente lo que esperaríamos encontrar si la selección natural eliminase de manera paulatina los caracteres inútiles o los remodelara para crear otros nuevos y con valor adaptativo. Unas alas diminutas y no funcionales, un apéndice peligroso, unos ojos que no pueden ver y unos ridículos músculos de las orejas sencillamente carecen de sentido cuando uno piensa que las especies podrían ser el resultado de un diseño inteligente.

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